La demoscopia es un servicio inherente a la acción política. Algo así como dos conceptos «inseparables». Eso es algo asumido hoy día, hasta tal punto que la demoscopia está pasando de condicionar las decisiones políticas, a convertirse en la única y mesiánica Hoja de Ruta, al menos para algunas formaciones. Y así van las cosas.

A pesar de ello, es una herramienta muy reveladora, necesaria para la formación de criterio y posterior toma de decisiones en todo momento. Máxime en la época electoral, cuando la estadística nos dice el qué, el cuándo y el dónde. Prescindir de la demoscopia, más allá de la información, es caminar con un bastón de ciego, acertando en ocasiones y corrigiendo desde las equivocaciones, en la mayor parte de los casos.

Pero la estadística sólo nos ofrece una imágen. Un dónde estamos. Pero no nos revela el camino para llegar al dónde queremos estar. Y eso sólo se consigue desde las acciones correctoras. Esas directrices que sirven para corregir las tendencias y opiniones que, sin su aplicación, continúan siendo igual más allá de los recursos invertidos en la encuesta.

Es un hecho que, de alguna manera, toda encuesta debería de llevar aparejadas unas directrices de orientación estratégica y despliegue táctico. Tal vez no demasiado profundas, pues ello conlleva tiempo y más recursos, pero si no se desarrollan y se aplican, para qué se ha contratado una encuesta. Demoscopia sí, pero con manual de instrucciones.


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